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    Ramón Verea, el “inventor” de la calculadora

    Julio 18, 2008 @ 21:08
    Tecnología Obsoleta

    Versión para la web del artículo que publiqué en Historia de Iberia Vieja en Enero de 2008.


    El título de este artículo es ciertamente exagerado y, sin embargo, no es descabellado considerar al gallego Ramón Verea como uno de los padres de la modernas máquinas de calcular. Lamentablemente, como en tantas otras ocasiones, el inventor y su máquina viven en la tierra del olvido.

    Ingenios para calcular

    imgDesde los tiempos más remotos la humanidad ha soñado con poseer máquinas capaces de realizar cálculos complejos y, así, liberar a sufridos contables y administradores de tener que luchar con grandes sumas, restas, multiplicaciones y otras operaciones más complejas. La historia de las calculadoras es tan larga y complicada que dista mucho de ser algo sencillo de narrar. Se trata de un viaje por la historia de la ciencia y la técnica plagado de nombres e ingenios de todo tipo, nadie puede atribuirse la paternidad del invento, muchos han sido sus padres. Ya a principios del siglo XVII el alemán Wilhelm Schickard ideó una especie de reloj calculador mecánico que podría considerarse como el primer aparato de este tipo conocido. A partir de entonces la lista de científicos, ingenieros e inventores relacionados con el arte de las máquinas calculadoras ha sido tan amplia, que se han dedicado tratados completos a su estudio. Entre ellos, cabe mencionar al ínclito Blaise Pascal, que con su pequeño artilugio portátil para sumar logró que el concepto de calculadora empezara a ser considerado como algo tangible. Más tarde, gracias a Leibniz, J. H. Müller o Charles Xavier Thomas de Colmar, entre otros, se perfeccionaron y comenzaron a comercializarse calculadoras mecánicas de diverso tipo hasta que, llegados ya al siglo XIX, con Charles Babbage como principal pionero, los artilugios de cálculo comienzan a tener una complejidad tan alta que podrían considerarse como verdaderos ordenadores mecánicos que incluso contaban con sistemas para introducir datos tan “modernos” como las tarjetas perforadas.

    La calculadora de Ramón Verea

    En medio de la fiebre por desarrollar la más perfecta máquina de cálculo mecánica, aparece Ramón Silvestre Verea García, nacido en la provincia de Pontevedra hacia 1833, que supera cualquier otro modelo anterior y presenta en Nueva York su ingenio capaz de multiplicar. Lamentablemente, Verea es un tipo “raro”, porque su único interés, como él mismo afirmó, era poder demostrar que un español es capaz de inventar algo sobresaliente, simplemente, pero no puso ningún interés en que tal máquina llegara al mercado. Una pena, porque si hubiera acompañado su espíritu inventivo con algo de perspicacia comercial, probablemente hoy sería recordado como padre de las calculadoras y, seguramente, se hubiera convertido en un hombre rico. Aunque por su invento recibió una medalla de oro durante una exposición celebrada en Matanzas, Cuba, llegando a merecer la atención de Scientific American, fueron otros los que explotaron la idea. Otto Steiger se encargó de llevar al mercado máquinas calculadoras capaces de multiplicar cifras de forma directa, sin necesidad de recurrir a sumas, como lo hacían los ingenios predecesores. Pero el corazón de esta calculadora había nacido en la mente de Verea y del francés León Bollée, quienes desarrollaron el sistema capaz de tal proeza, mejorando aparatos anteriores como el creado por Edmond D. Barbour.

    La vida de un aventurero

    Aunque no se conoce mucho acerca de la vida de Ramón Verea, puede afirmarse que se trató de un inquieto aventurero, una atractiva figura que tras pasar varios años en un seminario de Santiago de Compostela, abandona el curso de sus estudios eclesiásticos y decide, en 1855, emigrar a Cuba. En tierras americanas se dedica a escribir novelas y a trabajar como periodista. Una década más tarde viaja hasta Nueva York, donde vivirá algún tiempo, trabajando en oficios de todo tipo, como maestro, traductor o comercial de maquinaria de artes gráficas. Puede que esta última actividad sirviera para, dado su conocimiento de la tecnología de su época, incentivar su espíritu inventivo que desembocó en el desarrollo de su calculadora. Sin embargo, no se quedó mucho tiempo en Norteamérica, puesto que el inquieto Ramón viajó y vivió también en Guatemala, dejando los Estados Unidos por diversos problemas políticos relacionados con su postura ante el colonialismo, dando sus huesos al final en la capital argentina. Será en Buenos Aires donde fundará la revista El Progreso y continuará su labor como escritor y periodista hasta su muerte, sucedida en 1899. El que hubiera podido ser uno de los grandes de la historia de las máquinas de cálculo, terminó sus días siendo muy pobre, olvidado y, tristemente, enterrado en una tumba innominada.

    Patente 207.918. Nunca se llegó a fabricar en serie, pero sirvió de inspiración para otros inventores e ingenieros que dieron vida a exitosas máquinas de cálculo. Hoy, queda el recuerdo de la inventiva de Ramón Verea en un documento de sumo interés, a saber, la patente registrada en la Oficina de Patentes de los Estados Unidos el día 10 de septiembre de 1878, con el número 207.918. Puede obtenerse con facilidad el expediente de esa patente, documento que demuestra la complejidad de proceso desarrollado por Ramón, capaz de ser utilizado en máquinas de cálculo que podían multiplicar a una velocidad considerable. El único testigo que existe de aquella aventura, además de los documentos de la patente, son algunas reseñas en revistas de la época y un olvidado prototipo que duerme el sueño del tiempo en la colección de ingenios de cálculo que la IBM posee en su sede de White Plains, Nueva York.

    Más información:
    En TecOb - El gallego que inventó la calculadora
    La Voz de Galicia - Curantes ignora dónde nació su inventor de la calculadora
    Engines of Our Ingenuity - Verea’s Calculating Machine (Fuente de la imagen)
    Documento de la patente de Ramón Verea, septiembre de 1878
    belay - Ano Cultural na Estrada - Ramon Verea?


    La habitación de los libros raros

    Julio 11, 2008 @ 19:01
    Tecnología Obsoleta

    imgBreve apunte bibliófilo. En Rare Book Room, como su propio título nos indica, podemos encontrar libros raros, manuscritos y otras joyas de papel digitalizadas. Por ejemplo, contiene muchas obras de Shakespeare, antiguas ediciones de William Blake o partituras de Beethoven, por sólo citar algunos de los muchos materiales de libre consulta que se pueden disfrutar. En total, y creciendo, ya suman más de 400 libros, muchos de los cuales también pueden adquirirse en PDF de alta calidad a través de Octavo Digital Rare Books.


    Einstein en España

    Julio 10, 2008 @ 19:47
    Tecnología Obsoleta

    Versión web del artículo que publiqué en Historia de Iberia Vieja, edición de Abril 2008.

    Einstein, el sabio alemán universalmente admirado, se halla entre nosotros. Reciba el insigne hombre de ciencia que nos honra con su visita nuestro más cordial y respetuoso homenaje, al que seguramente se asocia España entera.

    Nuevo Mundo, 2 de Marzo de 1923.

    imgCon tan sonoras palabras recibió la prensa española de la época al célebre huesped que recorrió nuestro país a comienzos de 1923. Alberto Einstein, tal y como se castellanizó su nombre, visitó España como si se tratara de una estrella del rock de nuestro días, rodeado de todo tipo de personajes que deseaban hacerse una fotografía con el genio o, simplemente, querían estar donde la prensa centraba sus focos, a pesar de que casi nada conocían acerca del hombre que revolucionó la ciencia del siglo XX.

    Hay viajes que marcan una época. Si famoso es el de Nixon a China, no menos famoso es el de Einstein a España, eso sí, sólo en los pequeños ámbitos de la historia de la ciencia nacional, porque marcó toda una época. Por lo demás, para la Historia con mayúsculas, no dejó de ser una simple anécdota. A principios de los años veinte la ciencia en España se encontraba en pleno auge y desarrollo, contando con importantes figuras de nivel internacional en varias ramas del conocimiento científico, sobre todo en campos médicos. La visita de Einstein fue considerada como una especie de broche dorado al impulso científico nacional, algo así como una forma adecuada de estar en el mundo, de igualarse con potencias científicas antaño inalcanzables. El sueño duró poco pues, no muchos años más tarde, la Guerra Civil haría entrar otra vez en hibernación el desarrollo de una verdadera infraestructura y política científica.

    ¿Quién era Alberto?

    La prensa de la época mostró la visita con entusiasmo. Suele afirmarse que los medios fueron muy generosos con las descripciones de tal hecho singular pero, si se fija uno bien en la letra impresa de periódicos y revistas de aquéllos días, la cuestión no pasó de mero artificio, aunque en algunos casos se publicaron profundos artículos que incluían hasta fórmulas matemáticas. Se daba la bienvenida a un genio universal, a todo un personajes capaz de atraer hacia su persona a la alta sociedad y gente famosa de toda clase, pero poco se comentó sobre la ciencia, los organizadores o acerca de qué había hecho el tal Alberto para ser considerado como el mayor genio de la historia humana. Las grandiosas palabras no pasaron de ahí, junto a fotografías y alguna que otra caricatura, el genio llegó, pasó por aquí y se marchó, nada más. Los ecos de la visita se olvidaron muy pronto, a pesar de que algunos medios intentaron cultivar eso que hoy nombramos como divulgación científica, los loables y trabajados esfuerzos, en forma de excepcionales artículos periodísticos, no tuvieron continuación ni crearon tradición.

    El tal Alberto, como le llamaban, era ni más ni menos que uno de los científicos más importantes de la historia, en eso tenían razón pero, claro está, como pocos, entre la gente común, comprendían en qué consistía su aportación al conocimiento, se prefirió en muchas ocasiones un acercamiento a lo pintoresco de su figura, más que a intentar comprender por qué el personaje que tenían ante sí estaba cambiando el mundo para siempre.

    Albert Einstein, nacido en Alemania, voluntario apátrida e inquieto soñador, había conseguido dar la vuelta al conocimiento científico en pocos años. Cuando visitó España ya había realizado las que serían sus mayores aportaciones a la física y, en general, a toda la ciencia pues su huella es perceptible hoy día en la mayor parte de las ramas del conocimiento científico. Cuando, a finales del siglo XIX, los físicos se mostraron confiados en que se alcanzaría pronto un conocimiento de los mecanismos básicos del universos que pudiera considerarse completo, basándose en lo que ahora conocemos como física clásica, poco podían sospechar que un hombrecillo de aspecto inocente cambiaría tal esperanza de forma radical. En 1905 publicó una serie de artículos científicos que convirtieron su persona en motivo central de toda una revolución del conocimiento. A partir de ahí, el mundo no volvió a ser el mismo. Si bien el cambio no fue instantaneo, en términos históricos puede verse como algo muy rápido, pues la relatividad einsteniana modificó el edificio de la física newtoniana que había llevado siglos levantar. Desde entonces, el tiempo y el espacio permanecieron entrelazados, se abrieron las puertas a la energía nuclear y a todo tipo de tecnologías actuales que deben todo, o gran parte de su existencia, a la obra de Alberto, el insigne visitante.

    img

    Gira de éxito

    Durante los veinte días que Einstein pasó en España, la prensa no se despegó de su persona ni un momento. A diario, aparecían en los periódicos comentarios, fotografías y artículos sobre el genio, además de algunos intentos de explicar qué era aquello de la relatividad en un lenguaje comprensible para el público. Si tuviera que comparar el viaje de Einstein a España con algo cercano, no dudaría de acudir a las imágenes que todos conocemos sobre estrellas de rock o del cine, cuando llegan entre destellos de las cámaras fotográficas a un estreno o a un concierto.

    Einstein visitó Barcelona, Madrid y Zaragoza entre finales de febrero y comienzos de marzo de 1923. En pleno ambiente de renovación cultural y científica, la oportunidad fue vista por los organizadores como algo único. Así, el Institut d´Estudis Catalans, la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas y la Universidad de Zaragoza, organizaron todo tipo de actos que, con seguridad, no dejaron un momento de descanso para Alberto.

    El padre de la relatividad llegaba a nuestro país tras haber visitado tierras palestinas, desembarcando en Barcelona el 23 de febrero. El día 1 de marzo llegó a Madrid, donde permaneció hasta el día 12, cuando puso rumbo a Zaragoza, donde finalizó su visita, habiendo rechazado la oferta de quedarse un tiempo más en Bilbao, donde la Junta Vasca de Cultura había decidido invitarlo para que pronunciara una serie de conferencias, tras haber rechazado también otras ofertas similares como la realizada por el Ateneo Científico de Valencia. No es difícil imaginar que Einstein, entre tanto ir y venir, terminara por cansarse.

    Imaginemos los escenarios, que no por desarrollarse en ciudades diversas fueron, en esencia, diferentes. Einstein, acompañado de su esposa, llegaba rodeado de la gente de la prensa, ofrecía conferencias y, entre los diversos actos programados, realizaba visitas guiadas por lugares históricos, como Toledo. Aunque Einstein dictaba sus conferencias en alemán, auxilado por el empleo de dibujos y anotaciones en pizarras, con lo que puede comprenderse que poca gente entendería mucho de lo que explicaba dado el nivel matemático empleado y la barrera del idioma, todos los actos programados lograron reunir a multitudes sorprendentes, que guardaban silencio observando los movimientos del genio alemán, mostrando sus rostros una curiosa mezcla de veneración y asombro. En palabras del propio protagonista, recogidas en sus impresiones escritas sobre su visita, le sorprendió la atención que el público prestaba, incluso a pesar de que “seguramente no han comprendido casi nada”. La reverencia hacia Einstein fue general, incluso por parte del Rey y la aristocracia, todos querían estar cerca del personaje del momento. Entre los académicos no fue menor el deseo de inmortalizar la visita. Se cuenta, por ejemplo, que el rector de la Universidad de Zaragoza pidió a Einstein que no borrara la pizarra al finalizar su conferencia en la Facultad de Ciencias, pues deseaba que se convirtira en un recuerdo perenne de tan especial visita.

    ¿Catedrático en Madrid? Pasados unos años de la visita de Einstein a España, el panorama político europeo no podía ponerse más negro. Hitler llegó al poder en Alemania y, como judío y pacifista, la situación del genio no parecía ser muy buena en un futuro cercano. Como tantos otros científicos, artistas y, en general, personas perseguidas por razón de sus creencias o su raza, Einstein tuvo que abandonar Alemania. Al suceder esto, medio mundo ofreció un puesto a quien había llevado la ciencia a una nueva revolución. No se trataba de un gesto puramente humanitario, pues contar con el gran Albert en una universidad haría que su prestigio creciera hasta el cielo de forma repentina. Lo intentaron los franceses e ingleses, también los estadounidenses que, finalmente, lograron su propósito. En España, también se intentó. Allá por 1933 desde el gobierno se gritó a los cuatro vientos que Einstein se quedarían en España, más concretamente como catedrático de la Facultad de Ciencias de la Universidad Central de Madrid, en un instituto de investigación que llevaría el nombre del sabio alemán. Sin embargo, aunque inicialmente Einstein pensó realizar estancias temporales en varias universidades del mundo, incluyendo Madrid en sus planes, decidió fijar su residencia en Princeton.

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    Imagen superior: Caricatura de Albert Einstein, según el dibujante “Sirio”, publicada en “Nuevo Mundo”, el 16 de Marzo de 1923. Imagen inferior: Einstein y Alfonso XIII.

    Bibliografía de interés:

  • Einstein en España. Artículos de José Manuel Sanchez Ron, Antonio Moreno González, Antoni Roca Rosell, Ana Romero de Pablos, Pedro García Barreno y Luis Joaquín Boya. ISBN 84-95078-34-1.
  • La cobertura mediática de la visita de Einstein a España como modelo de excelencia periodística. Análisis del contenido y de su posible influencia en la física española. (PDF). Carlos Elías. Arbor. Ciencia, pensamiento y cultura, ISSN 0210-1963, Nº 728, 2007 (Ejemplar dedicado a: Einstein, la JAE y el nacimiento de la Física moderna en España).
  • Cuando Einstein pudo haber sido español. (HTML). Isidro González. Clío: Revista de historia, ISSN 1579-3532, Nº. 28, 2004.
  • Einstein en España. (PDF). Javier Turrión Berges. Monografías de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas, Químicas y Naturales de Zaragoza, ISSN 1132-6360, Nº. 27, 2005.

  • Papeles proscritos

    Julio 9, 2008 @ 16:33
    Tecnología Obsoleta

    El tema de los libros prohibidos ya lo traté en TecOb hace mucho en un amplio artículo, que tengo pendiente de corregir porque es demasiado “plano”. Si hoy vuelve aquí, aunque sea sólo como simple curiosidad, es porque ordenando una serie de libros que ya tienen unos cuantos años a la espalda, me he fijado en uno especial. Se trata del Compendio Sinóptico de Literatura Universal, editado en Madrid en 19441. Se trata de una obra de Carlos Robles Piquer, destinada a servir de breviario sobre los cuestionarios oficiales de la materia de literatura para bachilleres. Como no podía ser de otra forma, se abre el librillo con referencias al censor de la obra, Dr. Andrés de Lucas y a Casimiro, Obispo Auxiliar y Vicario General de Madrid. Visto esto, no cabe duda de la época en que se inscribe la obra, por si el año de publicación no servía ya de orientación suficiente. Ahora bien, este compendio, a pesar de su esquematismo, es asombrosamente amplio y completo. Cabría pensar que no se citarían obras que, para las instituciones de la época, hubieran sido poco menos que contaminantes y perniciosas. Pues no, se citan e incluso algunas son ensalzadas, lo que no obsta para que lleven, muchas de ellas, la indicación de pertenencia al Índice de Libros Prohibidos por la Iglesia. He aquí dicho Índice procedente del libro citado, donde se guía al lector a la página donde se localiza tal o cual obra “negativa”.

    img

    Hay casos que hoy serían motivo de risa, pero en su contexto histórico tenían su sentido. Por ejemplo, qué pensar de la pertenencia al Índice de El Conde de Montecristo o Los Tres Mosqueteros, de Dumas padre. Ahí está, cómo no, mi querido Erasmo y su Elogio de la locura, o la Enciclopedia, de Diderot y D´Alembert. Sobre este último caso, el autor del compendio muestra cierta ambivalencia. Véanse, por ejemplo, estos dos fragmentos, uno crítico, el otro elogioso, sobre la Enciclopedia:

    El escepticismo que dejan las agotadoras luchas religiosas de la Reforma, el predominio de la razón sobre la fe, el ambiente pagano de la influencia clasicista, el espíritu de crítica, el ansia de libertad material, la relajación cierta de algunos hombres de la Iglesia, y tal vez el afán de distinguirse por algo original, son los factores que intervienen en la creación de este movimiento revolucionario, el filosofismo, que tanto daño ha causado en el mundo y cuyos gérmenes están contenidos en el Diccionario o Enciclopedia. Las nuevas ideas iban expresar el descontento general, preparando así la revolución francesa.

    Dionisio Diderot. Ateo que quizá sólo lo era superficialmente, vivió pobremente y fue, con D´Alembert, el autor verdadero de la grandiosa obra para la que escribió artículos sobre todos los temas. La Enciclopedia, compendio de las nuevas orientaciones y obra de didáctiva positivista.

    Me han llamado también la atención otros fragmentos, muy breves, pero en apariencia poco relacionados con el pensamiento único de la época, sobre todo teniendo en cuenta que esta obra pasó bajo la férrea mirada de la censura, como todo lo que se publicaba entonces. Se nombran, por ejemplo, algunos representantes de la literatura catalana que escribían en catalán, y como tal aparecen consignados sin tinte alguno de menosprecio o prevención. Chocante es, igualmente, que junto a la indisimulada exaltación, hasta el hartazgo, de figuras como José María Pemán, se recomiende leer a Federico García Lorca.

    Volviendo al asunto del Índice de Libros Prohibidos, hoy las cosas han cambiado, faltaría más, porque el Índice dejó de estar vigente en 1966, aunque según el actual Código de Derecho Canónico, se orienta y avisa acerca de libros que podrían ser considerados peligrosos desde el punto de vista de la fe católica. He ahí, por ejemplo, los siguientes artículos del citado Código:

    831 1-Sin causa justa y razonable, no escriban nada los fieles en periódicos, folletos o revistas que de modo manifiesto suelen atacar a la religión católica o la las buenas costumbres; los clérigos y los miembros de institutos religiosos sólo pueden hacerlo con licencia del Ordinario del lugar.

    2-Compete a la Conferencia Episcopal dar normas acerca de los requisitos necesarios para que clérigos o miembros de institutos religiosos o miembros de institutos religiosos puedan tomar parte en emisiones de radio o de televisión en las que se trate de cuestiones referentes a la doctrina católica o a las costumbres.

    832 Los miembros de institutos religiosos necesitan también licencia de su Superior mayor, conforme a la norma de las constituciones, para publicar escritos que se refieran a cuestiones de religión o de costumbres.


    Temas relacionados en TecOb:

    El espíritu de la Enciclopedia
    La esencia de Occidente
    El milagro de Occidente

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    1 Texto de la cubierta que, a pesar de estar muy dañada, resulta legible: Compendio Sinóptico de Literatura Universal. Con amplios índices. Para el repaso rápido de esta materia. Realizado, en armonía, con los cuestionarios oficiales, por Carlos Robles Piquer. Premio Extraordinario de Examen de Estado en la Universidad Central. Julio de 1943. Publicado en Madrid, 1944. Librería Enrique Prieto, Preciados 48.


    Minivisor de filminas

    Julio 3, 2008 @ 23:43
    Tecnología Obsoleta

    Trastear entre cacharros viejos guarda su encanto. Entre un montón de cajas con diapositivas y antiguos carretes fotográficos, apareció esta tarde, en el fondo de un cajón, una pequeña cajita roja de plástico con forma de monitor de televisión. Recordé al instante de qué se trataba y retrocedí en el tiempo hasta principios de los años ochenta. El artilugio, muy sencillo pero soprendente, es un pequeño visor de filminas, en este caso con imágenes de la ciudad de Gijón. Como souvenir no está nada mal. Se toma la caja, en un lugar bien iluminado, se mira a través de la pequeña mirilla con lente de plástico transparente y, gracias a la luz que entra por la lámina traslúcida que simula ser la pantalla televisiva, se viaja a la norteña ciudad cantábrica saltando de imagen en imagen. Para realizar ese viaje, sólo hay que pulsar el pequeño resorte que aparece en la parte inferior de la caja, que no hace sino mover de una en una las tomas, dispuestas en un disco circular. Lo mejor, sin duda, es ver el pequeño visor en acción. Como no puedo hacer eso aquí, he pensado en fotografiar la pequeña caja para mostrar, sobre todo, el ingenioso mecanismo que la anima…

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    Por cierto, durante la misma sesión de limpieza, ha aparecido otro artilugio. Se trata de un viejo proyector de diapositivas alimentado con pilas. En este caso, se introducen las imágenes que se desean ver, una a una, a través de una pequeña ranura y, activándose un sencillo circuito eléctrico, comienza a lucir una bombilla que proyecta sobre una lente la imagen ampliada…

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